Desde los principios Dios y la ciencia, es decir el concepto
Dios y la práctica
ciencia, han tenido relaciones pasionales, hay dos campos de la ciencia que nos devuelven a la problemática de la fe, 1: lo inmensamente grande, la astrofísica, 2: lo inmensamente chico, la mecánica de la vida o la biología. La astrofísica nos ha enseñado que el universo tiene una historia, la cuestión de su origen es una problemática que nos devuelve al campo de la religión, la astrofísica no habla de la razón del universo, no dice el por qué y el
para qué, dice solamente el cómo. Yo comprendo la necesidad en la cual se encuentran los hombres, incluso todos los científicos para buscar el por qué de las cosas. La ciencia sólo se ocupa del cómo, no del por qué, no del
para qué; sin embargo mi compresión y mi simpatía hacia los que buscan una respuesta religiosa no me impide denunciar la vía de sumisión intelectual que representan las religiones. Hay científicos muy serios que creen, el dios de los científicos no tienen gran cosa que ver con el de los catecismos, se inscribe más bien en una religiosidad cósmica, indiferente al individuo humano y no se preocupa mucho por la inmortalidad de las almas, es un concepto determinista, responsable, ajustado a las constantes universales, como las leyes fisicoquímicas, por ejemplo, es la teoría del
big bang que en astrofísica da argumentos a los partidarios del determinismo, cuando se recalcula todo desde el instante inicial se observa que las cosas están colgadas de un casi nada, a partir de este casi nada, hay un antes, nada, y un después, todo. El
big bang sólo es una teoría pero deja la puerta abierta al determinismo, del lado de la biología hace un buen tiempo ya que se puede fabricar vida en laboratorio, a partir de átomos inanimados, aquí es el por qué, el
para qué falla, no lo sabemos. En el pasado la ciencia, confrontada al problema del origen de la vida ha funcionado con este objetivo único, buscar en la naturaleza el orden que Dios habría puesto, pero ya no estamos parados ahí, el argumento de la belleza de la mariposa y de la margarita para confirmar la existencia de Dios nos parecen un poco simples hoy, porque la naturaleza tiene también a sus monstruos. Si las leyes de la física y de la matemática, serían pruebas de la presencia de la mano de Dios, ¿cómo aceptar y explicar el enigma de los números primos, enteros naturales divisibles sólo por ellos mismos y por la unidad, que son absolutamente imprevisibles, regados con la mayor fantasía en la secuencia de los números, sin que ninguna ley general permita buscarlos y dibujar sus rasgos. La inmaterialidad de las figuras de la geometría como otro ejemplo – geometría es el arte de razonar juntos con figuras falsas –, la inmaterialidad de las figuras de la geometría ha sido utilizada como prueba del creador, el carácter finito de un espacio encerrado entre una recta y una (inaudible), ambas infinitas, hacía pensar sobre la vida en la eternidad, pero esas matemáticas ya se quedaron atrás, la necesidad de un explicación entera es algo innato, su ausencia es fuente de angustia, eso lo comprendo, la única manera de explicar que sabría calmar la angustia es la de una historia total que revela la significación del hombre, asignándole en los planos de la naturaleza un lugar que sería necesario, este es el papel de la religión, pero ahí está en el reino de las ideas otra actitud la del conocimiento objetivo, es la idea austera, fría, que no propone ninguna explicación pero que impone una acética renuncia a buscar más allá de los hechos, por supuesto que esta forma no puede calmar la angustia, por lo contrario la exacerba, esta idea objetiva, de la objetividad de los hechos, es puritana, es arrogante, poco aceptable; sólo se ha impuesto sin embargo, por su prodigioso avance. En tres siglos la ciencia ha conquistado su lugar en la sociedad, en la práctica, por supuesto no en las almas. Armadas de todos los poderes, gozando de todas las riquezas que deben a las ciencia, nuestras sociedades tratan todavía de vivir, de enseñar sistemas de valores que ésta ciencia ha destruido, ninguna sociedad antes de la nuestra ha conocido este desgarro, por supuesto que la ciencia atenta contra los valores, ¿qué creían?... ¿cómo atenta contra ellos?, arruinando las ontogenias míticas o filosóficas sobre las cuales la tradición religiosa construía los valores, la moral, los deberes, los derechos, las prohibiciones. Si el hombre se despierta de su sueño milenario para descubrir su total soledad, su radical extrañeza en margen del universo, en el cual debe vivir, un universo indiferente a sus esperanzas, como a sus sufrimientos y a sus crímenes, ¿por qué se portaría bien? Tanto Nietzsche como Dostoievski lo han visto, si no hay la seguridad de un dios con sus castigos y sus premios todo se vale, todo estaría permitido, para portarse bien a pesar de todo, o a pesar de la nada, se necesita de un nivel de conciencia una mutación que no tenemos como género. Un científico no cree, observa y trata de comprender, en esta observación y descripción del universo queda un gran vacío; muchos lo llenan evocando lo que se puede llamar un dios, la realidad es inaccesible, la ciencia no tiene por objeto describir la realidad sino las apariencias que esta realidad da de sí, ¿cómo aprehenderla? El siglo XX avanzó mucho: la ley de incertidumbre de Heisenberg, el teorema de indecidabilidad de Gödel ayudaron a eso. El primero enuncia que jamás los objetos humanos logran describir la realidad, el segundo que la lógica jamás podría ser completa. Yo deseo una comunión con una eventual realidad que en permanencia de (inaudible), un místico sólo puede ser agnóstico, un verdadero agnóstico es un místico, tiende hacía, pero no llega, si llegara sería Dios y esto ya no sería misticismo, sino locura paranoica. En el principio está no la fe sino la duda, fe y conocimiento no son del mismo orden, no pertenecen al mismo mundo. Si trato de responder a la cuestión: ¿por qué el big bang? salgo de la física y entró en la metafísica; y hace mucho también que la biología y la teología no duermen juntas en la misma cama; la ambición primera de las religiones era la de explicar cómo ha nacido el universo, los progresos de la ciencia excluyen algunas representaciones simplistas y echan la duda sobre algunos dogmas, pero no excluyen la idea de un gran ordenador, la idea de un dios todopoderoso que podría pero no querría intervenir en el trascurso de la historia universal, sería inaceptable que existiera un dios ordenador que no tiene mucho que ver con el de los evangelios, un cierta idea de Dios retrocede, surge otra a medida que los científicos se acercan a un conocimiento más preciso de las funciones del hombre, así como de las posibilidades fundamentales de controlarlas, este sería un dios superestructura, los progresos en la compresión de los fenómenos de estructuración del desorden, hacen pensar en la posibilidad de un empujoncito inicial, este sería el esquema determinista, un creador cuya intervención se limitaría a fijar las reglas del juego, la idea de providencia ulterior queda sin objeto. Miren… hay dos maneras de demostrar algo: partiendo de una hipótesis se trata de verificarlo o de destruirlo, es este, el último método, el que es el bueno. La ciencia está habitada por los abismos que produce se apoya sobre lo que le escapa, el científico no ama la montaña de los resultados adquiridos, sino lo otro… lo que aún busca y no puede agarrar. Por eso ciencia y religión no pertenecen al mismo método ni al mismo mundo.
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